#031 Alpinistas ultracongelados

Congelado desde 1996

Estamos en un recodo de los himalayas. A la vuelta de una dura cordada por encima de los 8.000 metros, debajo de una cavidad rocosa a tres horas de hacer cumbre. Una persona vestida de  alta montaña yace semienterrado en la nieve helada. Lleva allí desde los años 90 del siglo XX y es conocido por la abundante fauna internacional que recorre el camino hacia la cúspide como Green Boats o botas verdes.

Forma parte del nutrido grupo de montañeros, en torno a 250 según la mayoría de fuentes, que fallecieron intentando la gesta de vencer a la naturaleza hostil del club de los ochomiles solo en el monte Everest. Lugares donde la falta de oxígeno, una perturbación atmosférica o el cansancio convierten lo que en cualquier otro lugar del mundo podría ser un paseo de domingo al que ponerle fin con un poco de sidra y un bocadillo, en ruta hacia el final de la propia vida.

Eso en el monte Everest. En toda la cordillera son decenas los muertos muchos años, debido a grandes accidentes o accidentes que implican al grupo de escalada completa. Desde los años 70 los españoles muertos ascienden a 72. En el caso de los escaladores de América Latina solo he encontrado referencias a los fallecimientos en el Monte Everest. Únicamente dos en toda su historia, un ciudadano de Brasil y otro Chileno, frente a los cuatro españoles fallecidos en el mismo monte.

Annapurna, K2 y Nanga Parbat

La mayor mortalidad de toda la cordillera se produce en el Annapurna I, muy a la par del K2 y del NP o Nanga Parbat. Las condiciones en estas montañas que no rozan, sino que literalmente traspasan el cielo, explican en buena medida lo que ocurre en ellas. Unas montañas con unos índices de mortalidad del 38% de los intentos de hoyar sus cumbres. Se trata de condiciones como temperaturas entre -20 y -60 grados celsius, con vientos terribles incluso con buenas condiciones atmosféricas que producen una sensación térmica aún menor.

Un lugar para morir, las cumbres más altas de la tierra, donde no suele ser fácil rescatar un cadáver y donde no siempre rigen las normas más elementales. De horizonte mítico a recurrido lugar para el turismo extremo, lleno de siniestros personajes de cuento de Alan Poe que quedaron petrificados en el paisaje como estatuas de sal castigadas por un dios severo.

Pero vamos a recapitular. Estamos en la Cordillera de los Himalayas. La cadena de montañas más imponente en tierra firme. Situada entre Bután, Nepal, India y China con un origen geológico en el choque entre placas tectónicas. La india y la placa eurasiática. Un fenómeno que sigue elevando aún la cordillera.

Everest

De entre todos las enormes montañas de esta cordillera vamos a situarnos en el monte Everest. El más conocido y el más visitado de entre todos los denominados ochomiles de nuestro Planeta. Este carácter de “más visitado” lo obtiene el Everest de su propia historia, como la montaña simbólica a batir, al ser la más alta de la tierra, con sus actuales 8.848 metros. Pero también tiene que ver con la “facilidad” de su ascenso, dicho sea entre todas las comillas del mundo. Facilidad en comparación con sus inmediatas seguidoras en el ránking de las más altas. El K-2 y el Annapurna. También ubicadas en el Himalaya, a pesar de disponer de algunos metros menos de altura, las características digamos del camino a seguir para hacer cumbre hacen de estas montañas casi imposibles de escalar para los alpinistas aficionados organizados en torno a empresas con guías y todo tipo de apoyos.

Esto no impide que estas otras dos cumbres, así como el resto de ochomiles, estén salpicados de montañeros muertos, como congelados en el tiempo. Justo en ese instante en que intentaban ganar la cumbre o volvían de ella.

Quizás os preguntéis por la importancia del fenómeno. Y sabéis que para este programa no hay fenómeno pequeño. Pero sin duda este no lo es tanto. ¿Cuántas personas diríais que intentan hacer cumbre en la cordillera del Himalaya cada año?… Ni más ni menos que 60.000 personas cada temporada, con un coste medio estimado de 50.000 euros por expedicionario. Por lo tanto un negocio de 3.000 millones de euros al año. ¿Ya no parece algo tan pequeño o insólito, verdad?

Turismo himalayista

Adicionalmente, os cuento que el 10% de esos escaladores son turistas aficionados sin preparación suficiente para intentarlo, en manos de empresas sin escrúpulos para decirles que no lo hagan. Por lo tanto 6.000 personas, habitualmente adineradas y entre los que se repiten mucho nacionalidades como Japón ; Estados Unidos, Rusia o China. Es una especie de divertimento o experiencia extrema como la del turismo espacial, pero aquí, en la tierra.

El ascenso a esas cumbres exige aclimatación. Es decir, el cuerpo debe adaptarse poco a poco a las duras condiciones de la altura, en especial a la falta de oxígeno que, a partir de la denominada zona de la muerte, los 8.000 metros, es apenas un tercio del oxígeno que un ser humano respira  a la altura del mar. Es por ello por lo que los ascensos se van produciendo a lo largo de varios campamentos, normalmente cinco. En primer lugar se ubica el campamento base, en torno a los 5.000 metros de altitud, donde el cuerpo sufre la primera adaptación, aunque para los profesionales preparados se trata apenas del comienzo. Hay que decir que a esa altura cualquiera de nosotros, sin preparación, ya correría grave riesgo para su vida, a través de las circunstancias más graves de un mal de altura como son embolias o acumulación de líquido en los pulmones. En este campamento es donde quedan la mayor parte de los medios técnicos y de apoyo de los alpinistas.

Ascenso por etapas

Los siguientes campamentos se establecen a unos 5.500 el campamento I, a 6000 el II, a 7000 el III y cerca de los 8.000 metros el campamento IV y último. Y ahí, como digo, se sitúa la frontera. En torno a los 7.900 metros es desde donde se producen los asaltos a las cumbres. Ese recorrido de los últimos 500-800 metros, en función de la altura de cada montaña, debe hacerse de una vez, con las mejores condiciones atmosféricas y no admite errores o nuevos intentos, sin hacer peligrar la vida de los expedicionarios. El tiempo para mantenerse en la zona de la muerte es limitado, el cuerpo sufre enormemente. Es donde se producen la mayor parte de las muertes, sean por accidentes, por problemas de salud derivados de la altura y muy especialmente por el cansancio y las situaciones extremísimas en las que se producen alucinaciones por la falta de oxígeno.

Y es también en este espacio cercano a la cumbre, aunque también en otros lugares de las montañas especialmente difíciles de acceder o con habituales malas condiciones, donde los montañeros quedan atrapados en los hielos perpetuos, formando parte de la misma montaña, que los abraza para siempre.

Los rescates

Los rescates son cada vez más factibles, aunque muchas circunstancias como caídas en simas o aludes, son insalvables para recuperar un cuerpo humano. Adicionalmente, algunos alpinistas, por romanticismo o para evitar incurrir en los gastos del rescate de sus cadáver, dejan por escrito su deseo de quedar en la montaña si no logran volver con vida. El documento que firman ante las autoridades nepalíes en el caso del Everest, se denomina “Body disposal form”, un formulario sobre cómo disponer con el cadáver. Tres son las aspas que el alpinista puede señalar en el caso del Everest. Que lo dejen en la montaña, que lo retornen a Katmandú, la capital nepalí desde la que parten las expediciones al monte Everest, y la tercera que el retorno sea completo y sea devuelto a casa. El coste del rescate puede igualar, según el lugar y las condiciones, al coste de la propia ascensión: decenas de miles de euros.

Aunque curiosamente los rescates en el Everest los hacen los Sherpas, una tribu de hombres autóctonos cuyos físicos están plenamente adaptados a las alturas tras generaciones viviendo en este entorno tan complejo, o quizás por esto mismo, cuando se consulta la lista de las dos centenas largas de fallecidos en la montaña la bandera más abundante con diferencia es la de Nepal. Ninguna ascensión a la montaña mítica se hace sin sherpas y ningún rescate ocurre sin su concurrencia. De ahí la fatídica cuenta.

Lo que para los occidentales es una pasión, una forma de vida o turismo, para ellos es su trabajo. Si bien es cierto que esto también ha empezado a ser así también entre los escaladores europeos o estadounidenses, sus sponsors, las televisiones que suelen acompañarlos y todo el negocio en que ha ido convirtiéndose la montaña, sin perder del todo su encanto.

Al menos 40 cadáveres adornan los bordes del camino. Algunos por una cuestión de dignidad han sido apartados para ser enterrados u ocultados bajo piedras o hielo, habitualmente por lo sherpas, lejos del alcance de la vista, pero muchos otros han pasado a formar parte del paisaje e incluso de las indicaciones de ascenso.

Abandonado a su suerte

Es por ello por lo que con total naturalidad, durante el ascenso al Everest, al llegar junto a Botas Verdes, las expediciones saben que están a tres horas de la cumbre. Algo que en ocasiones impide incluso tener la más mínima compasión. Como cuando en 2006 el británico David Sharp, en su descenso de la cumbre, buscó refugio junto a nuestro querido Paljor Tsewang, alias botas verdes por el verde fosforito que viste para la eternidad. Su oxígeno se había acabado y le esperaba lo peor. En ese momento una expedición Neozelandesa que ascendía hacia la cumbre, pasó de largo, apenas con unos intentos de un Sherpa por ofrecerle unas bocanadas de su botella de oxígeno, antes de abandonarlo a una muerte segura porque la cumbre no podía esperar. Allí no habían ido a salvar vidas, sino a colocar la bandera neozelandesa en la cumbre más alta de la tierra y prefirieron pensar que no había nada que hacer. Nunca lo sabremos, porque no se intentó.

David Sharp fue retirado del lugar donde murió meses después, en 2007 según la BBC, dejando solo a Botas Verdes y un rastro de controversia sobre si realmente se podría haber intentado algo más por parte de las expediciones que de subida y bajada pasaron delante de él e, incluso, llegaron a grabar su agonía en la bien denominada zona de la muerte.

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