#29 Toallitas de mie…

Foto de una caja de toallitas húmedas

Bidet o toallitas

En muchos hogares y en todos los hoteles que merezcan ese nombre solemos encontrar un bidet. Un extraordinario invento creado exactamente para lo que fue creado. Una higiene íntima basada en el agua y no en celulosas untadas de sustancias químicas. Sin embargo, una vez superada aquella etapa en que a los bebés se les limpiaba con una esponjita húmeda y comenzamos a usar masivamente las toallitas, ¿por qué parar en sus suaves traseritos y no alcanzar a los nuestros en lugar de conformarnos con el papel seco o lanzarnos a la limpieza con agua, solo al alcance de los menos escrupulosos?

Lo que nadie quiere tocar

Nadie quería tocar eso con sus dedos, aunque aún no se haya inventado mejor manera de mantener nuestra higiene o la de nuestros bebés. Y para vencer ese asco llegó el capitán toallita húmeda con su suave capa. Llena de ventajas y de un inconveniente central: la costumbre arraigada de desechar las celulosas higiénicas a través del cauce de nuestro inodoro.

Compresas y tampones, “pioneros”

Anteriormente las advertencias estaban dirigidas a las mujeres que hacía décadas que habían abandonado el uso de trapos higiénicos en sus menstruaciones adoptando masivamente las celulosas de las compresas conocidas en otros lugares como toallitas sanitarias, y las celulosas de los tampones. En aquellos casos la tentación de desecharlos por los sanitarios era grande pero su perjuicio era también más evidente por su tamaño o su grosor.

¿Pero qué pensar de unas suaves y delgadas toallitas que, en muchos casos advierten con enormes avisos de su carácter biodegradable, cuando no dicen directamente que son desechables por el váter?

Lo pone el envase, es cómodo. Las cañerías no están a la vista ni las depuradoras tampoco. Hagámoslo. No pasa nada. O eso nos quieren hacer creer. Pero nada más lejos de la realidad que las empresas quieren mostrar.

Datos demoledores

Según un análisis publicado en la revista OCU Compra Maestra de noviembre de 2016 y después de analizar 19 toallitas húmedas específicas para higiene infantil OCU afirmaba que ninguna de ellas resultó ser ni desechable ni biodegradable, ni siquiera aquellas 15 que se anuncian como tales.

La historia del papel higiénico

En un fantástico artículo de Mar Abad en la no menos fantástica y cultureta revista Yorokobu, la autora nos relata la historia completa llena de curiosos detalles sobre el papel higiénico y su camino parejo a la de los traseros humanos y de las personas que sobre ellos se sientan.

Si los inuits limpiaban sus posaderas con conchas de mar o Gargantúa y quizás Elvis Prestley lo hacían con cuellos de ganso porque nada puede haber más suave, el inventor del inodoro con agua, el británico John Harington se debatía entre las diversas posibilidades existentes para retirar el sobrante después de usar su invento. En un libro de 1596 dudaba “El papel blanco es demasiado suave. El marrón, demasiado áspero. La tela de algodón, demasiado rígida. La tela de raso, demasiado resbalosa. El tafetán, demasiado delgado. El terciopelo, demasiado grueso o, quizá, demasiado caro”.

Sin embargo parece que fue en la China de dos siglos antes de Cristo donde nació el primer papel del mundo de una mezcla de mora, redes de pescar, paños viejos y cáñamo. El papel higiénico entró en las tiendas en 1857, continúa su relato Mar Abad. El inventor estadounidense Joseph Gayetty presentó un ‘papel medicinal para el cuarto de baño’ que prometía aliviar los sinsabores de las hemorroides. El poder reparador procedía del aloe vera del que se impregnaban sus hojas. Entonces el papel no entraba en los hábitos diarios y, mucho menos, rociado de una crema hidratante. El invento era un lujo para la época.

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